“Evitaba usar sandalias y chanclas, incluso en los días calurosos, porque me avergonzaban mis uñas y escondía mis pies. Siempre escogía zapatos cerrados, aunque me sudaban los pies, para que nadie viera mis uñas.
Después de usarlo, vi la diferencia de inmediato y me sentí más segura de mí misma. Ahora vuelvo a usar zapatos abiertos sin preocuparme por lo que piensen los demás, y disfruto de una comodidad y libertad que antes evitaba.”
- Ana, 62 años